Laca Chiapaneca

Breve historia

Existía desde tiempos prehispánicos, una técnica característica de esta zona, la técnica del “Maque” o laca mexicana. Esta técnica ha sido constatada como conocida y desarrollada por los antiguos mexicanos en los vestigios recuperados en las excavaciones arqueológicas de la cueva de La Garrafa en Chiapas, dándose por terminadas las discusiones que desde los años cincuenta del siglo XX intelectuales mexicanos como el Dr. Alt y Guadalupe Zuno mantenían sobre el posible origen oriental de las lacas mexicanas.

Las sociedades prehispánicas y particularmente la mexica, purépecha y maya dejaron testimonios de una amplia y compleja actividad artesanal. La decoración pintada sobre jícaras y guajes gozaba de amplio mercado, gusto y valor simbólico en ritos religiosos.

En la Historia general de Guatemala de Francisco Ximénez, se menciona la existencia de vasos o contenedores fabricados a partir de calabazas y jícaras las cuales eran pintadas con colores propios de la zona sureste de Mesoamérica.

Existe un ejemplar de una jícara pintada en el Museo Regional de Tuxtla Gutiérrez, en ella podemos observar que la utilización de ciertos colores perdura hasta nuestros días, también la disposición de la decoración y el empleo de los motivos decorativos se usa en las artesanías actuales, el diseño proviene del fruto del guaje y sus diferentes formas son los que dan las líneas del objeto, lo cual demuestra que este objeto no ha cambiado grandemente, como se evidencia en la jícara verde que se encuentra en el museo de la Laca en Chiapa de Corzo.

La técnica de laqueado tradicional se basaba en la utilización de un aceite de origen vegetal extraído de la semilla de chía y de chicalote a través del tostado, molido y su posterior mezcla con agua para formar una pasta que tras ser exprimida producía el preciado aceite, y del axe que era una sustancia parcialmente grasa y un tanto cerosa que se obtenía de la ebullición, trituración, filtrado y desecado de la hembra del Coccus axin, un insecto mesoamericano que habita en los árboles propios de lugares de clima cálido y húmedo.

Estas sustancias se mezclaban con tierras obtenidas del molido de piedras calcáreas y colores naturales de origen mineral, vegetal y animal para utilizarlas como pintura que decoraría la superficie de los objetos.

La decoración chiapaneca en la laca es en base a ramilletes de flores de muy variados colores, entre ramajes verdes de helechos, la flor que más se distingue es la rosa, y la utilización de pajaritos es significativa, la  pintura es aplicada con el dedo meñique lo que le transfiere un carácter distintivamente regional.


Una vez consumada la conquista española, la técnica de la laca se extendió más allá de las jícaras y se empleó en la suntuosa decoración del mobiliario novohispano, aun en muebles de tipología europea se utilizaron motivos chiapanecos, como lo podemos apreciar en el Museo de la Laca de Chiapa de Corzo y en la Casa de las Artesanías de Chiapas, donde hay piezas de gran belleza que hacen alarde del mestizaje estilístico-tecnológico presente en armarios laqueados, cofres con base pintados de negro con flores y pájaros, baúles con motivos populares que nos narran el gusto de una época, mesas que, aunque de manufactura reciente, siguen repitiendo elementos y formas virreinales lo que ayuda a que evoquemos la riqueza de una época, finalmente nichos y cruces que perduran desde finales del periodo colonial en la región.

La influencia europea en la laca mexicana traslada desde el Viejo Mundo los estilos y gustos imperantes en el momento: el manierismo vigente en el siglo XVI se refleja en los decorados, y la copia de grabados europeos proporciona imágenes que sirven de modelo y que resultan de gran utilidad en el proceso de evangelización que incorpora a los indígenas al mundo cristiano occidental, lo mismo que formas ya establecidas con este simbolismo religioso, las cruces creadas en laca, decoradas con flores que el mexicano siempre había utilizado para sus antiguos ritos ayudaron al sincretismo religioso, los nichos también son representativos de este punto, ya que se conjugan dos pensamientos diferentes en un mismo producto.

Además de aportar toda una carga simbólica, y derivada de las nuevas rutas comerciales, la influencia de oriente se impone a través de las rutas comerciales, la influencia de oriente se impone a través de las rutas del Galeón de Manila que importaba a la Nueva España amplia y variada mercancía de manufactura china y filipina. Flores, animales y paisajes de intenso aspecto oriental se mezclan con el colorido y creatividad indígena que, aunque reeducados en un ambiente cristiano europeo, están hambrientos de las exóticas y mágicas formas bordadas en los mantones procedentes de Manila, en los abanicos con incrustaciones de marfil, en los biombos laqueados e incrustados de concha y en las libres y fascinantes ilustraciones que decoran la cerámica que llega hasta sus manos, lo mismo que los xicalpestles, los cuales son pintados con fondos rojos, negros y blancos, con pájaros que no se ven en estas tierras, toques dorados que nos remiten a la riqueza de esos reinos.

Debemos ser conscientes de la fuerte influencia que estas mercancías orientales ejercieron en todas las clases sociales, desde los indígenas que eran la mano de obra productora de los bienes de consumo y que plasmaron estas nuevas formas en objetos cotidianos y populares, como un xicalpestle que utiliza reminiscencias orientales en su decoración, hasta las clases dominantes que adoptaron el gusto por lo exótico, pasando por las clases medias y comerciantes que además de apreciar estos artículos se enriquecían con ellos y no sólo en sentido figurado;

hay un ropero en el museo regional que nos muestra claramente este gusto, está pintado de un rojo quemado, simulando la laca oriental, lo que se denomina el maque fingido, en las puertas unas líneas diagonales en dorado al igual que el filo del faldón, lo que le da un toque insólito.
Bibliografía:
Fragmento del escrito “Las artes aplicadas del virreinato en Chiapas” de los autores Guillero J. Andrade L., Elena del Olmo de las Heras y Teresa Calero Martínez de Irujo, del libro: Arte Virreinal y del siglo XIX de Chiapas.

Las jícaras y los juguetes

De la red, decíamos, pueden, como en el cuerno de la abundancia, emerger los calabozos, de pumpos con el sacrificio ritual de las cochinillas a manos de las sacerditisas chiapacorceñas, esas santonas impávidas capaces de esculpir la leyenda y la realidad del cañón del Sumidero, fulge la ofrenda viva y luminosa de la coloración.

Madres de tierra estas mujeres, a semejanza de la tierrra con los frutos, engendran con la arcilla laca de sus manos una fauna, una flora, una constelación celeste en cuya contemplación el alma devanea y la memoria se extravía en los recuerdos de lo arcano.

Arcas de Noé las jícaras chiapacorceñas mitifican la aspiración por la Fiesta Grande de Enero y propician en quienes las vemos la exaltación de los parachicos, la exultación de la naturaleza.

El mesurado poema (1962) de Carlo Antonio Castro sirva para ilustrar:

Jícaras de Chiapa

De pájaro espejo
la laca de Chiapa:
¡Vuelan los colores!
Las jícaras abren
sus flores, sus curvas
y ruido de picos
horada el calor:

La pícara pájara
pica
la típica jícara

La barriga verde
de la calabaza
empolla deseos
de laca de Chiapa:
Deslumbra su brillo
y sólo se escucha
que con dejo sordo

La pícara pájara
pica
la típica jícara

Arde el pica pica
de querer tenerla
pues ríe colores
como una sandía:
las semillas brotan,
pellizcan los ojos
ya que intensamente

La pícara pájara
pica
la típica jícara

...

A propósito de las jícaras, no es posible no pensar en las jícaras laqueadas y en los otros laqueados chiapacorceños.

Lacas blancas, lacas negras, naranjas o rojas. Sobre su superficie un haz de flores, un haz de oro. Extraño fulgor. Al sol: iridiscentes, hasta insultantes. A la sombra, a la penumbra en el museo del ex convento de Santo Domingo, de una dignidad y nobilidad propias para el decoro y la sobriedad de la vida. La vida a la sombra, a la sombra, parecen decir, a semejanza de las matronas terracalentanas, sentadas en sus poltronas, con sus vestidos floreados, un vaso de tascalate en una de las manos, en la otra un abanico en movimiento sosegando los agobios del tan ingente calor.

Bibliografía:
Fragmento del escrito “Literatura, ritualidad y artesanías” del autor Jesús Morales Bermúdez del libro Artífices y artesanías de Chiapas editado por el Coneculta.


Laca



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